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CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
REFLEXIÓN
GLOBALIZACIÓN VERSUS IDENTIDAD
Danilo Sánchez Lihón
¿Está preparada América Latina para la globalización?, es el seminario al cual convoca la OEI con sede en Madrid, para realizarse en Lima el 17 de enero del 2006. De otro lado, "Capulí 7, Vallejo y su Tierra" es el encuentro convocado a realizarse del 19 al 21 de mayo del año en curso, en Santiago de Chuco, cuna del poeta César Vallejo, y cuya temática abarca la utopía andina y la reciprocidad, con lo cual el dilema está planteado y resulta innegable: globalización versus identidad.
A continuación adjunto un apunte no conceptual sino más bien emotivo y vivencial sobre el tema. Lo recogí en la tierra de origen del autor de "España, aparta de mí este cáliz", que es también mi lar nativo, al cual invito a acompañarnos en el mes de "mayo florido". Cuando he preguntado a las personas qué es lo que más les impresionó de la visita a Santiago de Chuco, en las versiones anteriores de Capuli, la respuesta más frecuente ha sido: “Encontrar a Vallejo vivo en el lenguaje de su gente”. La persona que habla en el texto que luego presento quizá sea Vallejo mismo.
SALUDO EN LAS SOMBRAS
Antes, señor, a partir de las seis y media de la tarde, ya era oscuro en Santiago. A las siete ya todo eran sombras espesas, salvo si habían estrellas o luceros con lo cual algo se divisaba en las calles.
Sólo de algunas tiendas salía una débil estela de luz desprendida de alguna lámpara o mechero titubeante.
Habían también noches transparentes, ¡cómo no!, cuando la luna salía a bogar por el cielo sereno; entonces se veía tan claro que no era necesario velas ni linternas para andar por el patio, corredor y corrales. Entonces, no sólo en los zaguanes o altozanos la luz era clara, sino hasta en las salas y dormitorios la luna, entrando por las ventanas, nos permitía hacer nuestras labores cotidianas como si fuera luz del alba. Con ese resplandor los caminos a la campiña también se hacían breves y llanos.
Pero también había noches en que no iluminaba el plenilunio, sino que el cielo prefería tachonarse de estrellas, irradiando una claridad difusa. Era una luz más tenue, débil y nostálgica. Pero, de todos modos, con ella se distinguía dónde estaban los pilares de la solana, los pasos de la escalera, el mortero donde beben las palomas y hasta las cerchas y soguillas de los aleros se distinguían en l penumbra de los techos altos o bajos.
Pero había también noches oscuras en que no espejeaba en el cielo el disco plateado, ni proyectaban sus fulgores los luceros. Ni siquiera –por último– cavilaban los fogones ni titilaban los candiles en las fondas proyectando su estela hacia la calle.
Sin embargo, ¡señor!, pasaban las sombras y sabíamos a quién correspondía esa vislumbre. Era de la persona tal o cual. Y ya estábamos prestos con el saludo o, bien, la otra persona nos ganaba saludándonos con voz nítida que horadaba y conmovía a las tinieblas:
– ¡Buenas noches Sofía! – Buenas noches Francisco. ¿Cómo estás hijito? ¿Cómo estás papá? – Bien tiíta. – Salúdame en la casa a su mamacita, a su papacito, a mis sobrinos, de parte mía y de tu tío. – Gracias, gracias tiíta. Del mismo modo hagamiusté el mismo favor, salúdeme a la familia y que todo sea bendición de Dios en la casa.
Todos éramos familia. ¡Y así contestábamos con voz tierna, cálida y hasta candorosa, hecho que nos alentaba e iluminaba más la senda del camino!
Y las voces y las palabras se oían muy cristalinas. También, pienso, que sería posible por el marco de la oscuridad reinante.
Pero, ¿ahora señor? ¿Cómo es ahora?
Mire usted: hay luz radiante, la noche ya es como la mañana. Como si hubiera sol, verano y hasta mediodía.
Es una luz preciosa, ¡amarilla y bonita!, tanto que hasta se puede ensartar el hilo en el ojo de una aguja en cualquier lugar de la calle, y al primer intento.
Pero yo pregunto, con todo respeto, señor:
– ¿De qué vale? ¿De qué nos sirve? La gente ahora, ¿acaso se saluda?
¡No! ¡Eso se ha perdido definitivamente! Nos vemos las caras; pero, ¡no nos saludamos! Somos indiferentes, descorteses y sin respeto. Hasta pareciera que nos odiáramos.
Pregunto a usted, entonces: ¿para qué sirve esta luz? ¿No le parece mejor antes, con las sombras aparentes de la noche pero no con las sombras en nuestros corazones?
Y conste que eran sombras espesas, porque las noches aquí también son duras; con el peligro de caernos en una acequia o una zanja. Pero, ¿no es peor tener luz afuera y sombras, acequias y zanjas en el alma? ¿No es preferible el saludo a un foco de luz en el lugar que fuera? ¿Sea en una esquina, a mitad de la calle, incluso estando lejos?
En el fondo hay algo peor aún, señor:
Primero, sin luz sabíamos quienes éramos, ¡no como ahora, que no sabemos quiénes somos!
Segundo, ahora nos miramos las caras pero no nos importa, porque nos sentimos extraños.
Tercero, sentíamos cariño, éramos hermanos, estábamos prestos a ayudarnos y acompañarnos en lo que fuera. No como ahora sin siquiera saber quiénes somos y sin importarnos la vida del semejante.
Esto para mí es muy grave y lamentable si de velar por la salud y el destino de nuestro pueblo se trata.
Ahora, cuando la luz se va, intentamos hablarnos, arriesgando a decirnos a tientas:
– Yo soy tal. Tú, ¿quién eres?
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